Era una
mañana soleada, era un día diferente, era nuestro cumpleaños. Yoisa y yo somos
amigos desde que nacimos, nuestras madres nos trajeron al mundo atadas por las
cadenas de la esclavitud del amo y nosotros nos atamos por el gran amor de una
amistad para siempre. Ayer mi padre me dijo que mi regalo de cumpleaños sería
uno de libertad y de cambio. Cuando se lo conté a Yoisa se puso muy triste pues
ella sabía que no nos volveríamos a ver. Mi padre me dijo que en la noche de mi
cumpleaños la rumba tocaría para que saliéramos danzando bomba hasta la montaña
de la nube y la lluvia para encontrarnos con la libertad al otro lado. No me
gustaba ver a mi mejor amiga triste el día de nuestro cumpleaños.
Como todos
los días nos divertimos en la parte del mar donde el agua se junta con la del
rio y los peces tiene tantos colores que es como si ellos tuvieran un paraíso
de bienvenida cuando nadamos con ellos. Los cangrejos nos hacen cosquillas en
los pies cuando caminamos por la orilla. Es como si ellos nos llevaran hasta el
agua, es un piso lleno de cangrejos. El agua no es dulce pero no es salada,
Yoisa dice que así se pone su corazón cuando piensa que hoy en la noche nos
separaremos para siempre. Mi madre y la madre de Yoisa nos mantienen cerca para
que evitemos problemas con el amo. Ellas trabajan desde antes que se despierte
el sol y son las encargadas de mantener la casona hasta después que se duerme
todo el mundo. Mi padre sale a trabajar por varios días y cuando regresa esta
tan lleno de latigazos que no puedo abrazarlo. El padre de Yoisa se fue un día
y ya no regresó, ella dice que él le habla cuando comienza la rumba en la
montana de la nube y la lluvia. Hay noches donde se une la rumba de la playa
con la rumba de la montaña y es cuando ni el coquí canta para que los que se
fueron puedan hablar con los que quedamos. Esos días Yoisa dice que bailando en
la rumba siente que vuela y que se puede mover como las olas del mar y las
nubes de la montaña.
Ya se está
cayendo la tarde y los cangrejos están escondiéndose en sus cuevas. Es como si
supieran que algo va a pasar. Yoisa y yo hemos pasado todo el día en el mar
salado y dulce. Comimos uvas playeras y tumbamos cocos cuando nos da sed. Es
como si fuéramos parte de este sitio, el nos alimenta y nos cuida, mientras
nuestras madres se hacen cargo de la gran casona; el mar nos da todo lo que
necesitamos.
Cuando el
sol se estaba apagando y llegaba la luna, Yoisa se paró en el mangle y le pidió al mar,
al sol, a la luna y al mangle que así como ellos siempre están juntos, nosotros
estemos unidos para siempre. El viento parecía contestarle pues soplaba como
cantando con las palmas y las olas chocaban como danzando una rumba a Yoruba.
¡Ya ves Yoruba y la naturaleza van a danzar esta noche una rumba especial para
nuestro cumpleaños!; grito Yoisa. Los esclavos prepararon los tambores,
encendieron el fuego de la rumba. La rumba comenzó a sonar y la fiesta en el
batey era una rumba diferente. Mi padre me dijo que estuviera listo para
seguirlo a la montaña de nubes y lluvia cuando él me dijera. Mi corazón comenzó
a latir como si el mismo corazón fuera un tambor dentro de mi pecho. El rostro
de Yoisa era uno de felicidad y de fiesta.
Cuando
comenzó la rumba Yoisa y todas las mujeres comenzaron a danzar. Mi padre y yo
nos mirábamos y comenzamos a danzar también.
El ritmo de
los tambores era cada vez más fuerte y más rápido. Todo alrededor de la rumba
estaba en calma solo se escuchaba la brisa que bajaba de la montaña con su
propia rumba y el rugir de las olas que danzaban al compás del seguidor. El
cielo estaba claro y las estrellas hacían figuras en el cielo como trazando el
compás de la danza de bomba. El fuego se movía al ritmo del tambor.
De pronto
la brisa levantó a Yoisa y ella reía a carcajadas y seguía danzando. Ella me
gritaba: - ¡Viste Yoruba no dejará que nos separemos! Su danza se unió a la
danza de las olas donde el mar se une con el gran rio que baja de la montaña de
nubes y lluvia.
De pronto
Yoisa se convirtió en espuma y mar, dulce y saldado y su traje blanco se llenó
de peces de colores.
Entré
corriendo al agua y enterré mis manos en la arena tratando de encontrarla pero
solo escuchaba su risa. De pronto mis piernas comenzaron a doblarse y mis manos
a cambiar uno de mis brazos crecía más que el otro. Mi piel comenzó a ponerse
dura y cuando pude verme con el reflejo de la gran luna en el mar sabía que ya
no era yo. Yoruba me hiso cangrejo uno diferente para que Yoisa pudiera jugar
conmigo para siempre en las aguas donde el gran rio se une con el mar. Soy un cangrejo violinista y Yoisa es la
rumba que mueve las olas para que se mezcle el agua del gran rio con el mar.
Somos parte de este sitio para siempre.
Mis padres
y la madre de Yoisa corrieron hacia la montana y todas las noches hacen una
rumba para dirigir a la libertad a más esclavos. Nuestra libertad nos la dio
Yoruba y eso fue nuestro regalo de cumpleaños.